30 sept. 2008

Hacía tiempo que no tenía esta sensación de vacío, de cielo gris y encapotado que te deja el ánimo por los suelos y la mirada perdida en el infinito. Tal vez sea este resfriado que se me ha metido de rondón en la garganta y quiere colonizar el resto de mi cuerpo. El caso es que llevo toda la tarde encerrado en mi cuarto, sin ganas de hablar, ni escribir, ni oír nada.

Por suerte mañana será otro día. Espero que amanezca con otro sol.

... Y después de la guerra... sí; después de la guerra me enrolé en el cuerpo de Correos. Estuve varios años pateándome las calles de la ciudad. Pero eso era antes; cuando había sol. Ahora no hay nadie allí afuera, sólo charcos y algunos pájaros revoloteando para buscar un lugar que no se haya calado hasta los tuétanos.

Aquellos años en Correos sí fueron buenos. Comencé a darme cuenta de lo que era vivir realmente; comencé a sentirme útil, a hacer algo que me llenaba de orgullo y satisfacción... Aprendí lo que era llegar cansado a casa; la felicidad que dan el trabajo bien hecho y el descanso bien ganado.

Esos años en Correos fueron los que me permitieron conocerla. Ángela. Recuerdo que ella era universitaria; una de las pocas chicas universitarias que conocí. Era un poco estrafalaria, pero muy hermosa. Tenía el pelo castaño y los ojos marrones. Miraba desde dentro, desde ese sitio que no juzga a la gente. Ángela. Creo que ella será el último recuerdo que la muerte pueda robarme.

A menudo me pregunto porqué la vida se empeña en separarte de lo que más quieres tan de repente...

El último día que vi a mi madre con vida fue en una de nuestras visitas semanales. A los niños les encantaba ir a casa de los abuelos, y Ángela siempre hablaba con mi madre de cosas de mujeres. Mi madre... Se me hacen tan lejanos los días en que la llamaba mamá... De todo se pierde la costumbre; incluso de las cosas buenas. Al día siguiente una vecina llamó a casa para decirme que mi madre... mamá... había muerto. Se había despertado con un dolor muy fuerte en el pecho y, tras avisar a alguien, volvió a la cama. Nunca más se levantó. Cuando se pudieron dar cuenta ella estaba acostada, con los ojos cerrados, como si no hubiese pasado nada. Se fue igual que vivió: sin ruido, despacio, sin molestar a nadie, sin hacerse notar. Así fue mi madre.

Recuerdo que apenas lloré durante el funeral. Quise parecer fuerte, como ella me había enseñado. Pero luego no pude soportarlo. Cuando vi aquel ataúd descender hacia la sepultura, algo se rompió dentro de mí, y lloré. Lloré como nunca más he vuelto a hacerlo. Mi madre nunca volvería a besarme; nunca volvería a reflejarme en sus ojos, en esos ojos que la muerte había vidriado para siempre. Fue demasiado duro ver aquel descenso, lento, pausado... Supongo que hay que bajar un poco para ascender luego más alto. Sí. Mi madre debe tener un lugar privilegiado allí en el cielo. Debe tenerlo, como todas las madres. Y después..., bueno, después la vida te enseña a vivir con las cicatrices en el alma, y se te van olvidando los momentos amargos, y quedan sólo los recuerdos agradables, los momentos ... mágicos.
29 sept. 2008
Trabajar. Eso sí que lo recuerdo. Cómo no recordarlo. Me he pasado toda la vida trabajando.

Primero el parvulario, después la escuela, más tarde el ser aprendiz de carpintero, luego la guerra...; la maldita guerra que saca a todos de su sitio. Te arrancan de repente de tu mundo, sin ni siquiera preguntarte, y te arrojan a un sitio desconocido, rodeado de desconocidos que te dicen ser tus amigos y con los que disparas contra otros desconocidos que te han enseñado a odiar sin conocerlos. A veces somos tan... absurdos. Allí perdí muchos amigos. Pero lo peor eran todos esos cadáveres esparcidos por el suelo. Chicos que nadie se preocupaba de mirar. Seguramente alguien escribiría a sus familias diciendo que habían dado su vida por su país; pero es mentira. Siempre es mentira. Nadie da su vida por su país; es el país el que te mata: te manda a un lugar que ni siquiera te pertenece, te pone un fusil en la mano y alguien que te indica lo que debes hacer y hacia dónde debes disparar: eso es todo. Gracias al cielo no tenía hijos aún. Ni siquiera estaba casado; pero era joven, muy joven. Y mi país me robó ese tiempo que era mío para luchar por algo de lo que no era consciente. "La paz nacional", decían. Y la paz nacional era hacer la guerra. Enviar a los jóvenes al frente para que murieran defendiendo algo que tenían antes de que algún politicucho decidiera que había demasiados excedentes de munición en los arsenales.

Siempre es lo mismo. Y deciden parar la guerra cuando el número de muertos les parece lo suficientemente amplio como para no dejarles dormir toda la noche de un tirón. Y se sientan en una mesa, rodeados de agua y pasteles, y firman un documento que han tenido guardado durante meses, y mandan volver a las tropas. Pero las tropas cuando vuelven van dejando ese reguero de desesperanza y frustración que siembra la guerra por allí por donde pasa con sus pies de plomo, aplastando todo lo que pisa. Y las madres descubren que en el lugar de su hijo viaja una carta, alguien con rostro consternado y un catafalco adornado con la bandera del país. Y no hay más: un funeral militar..., y no hay más. El país les ha robado un hijo; el hijo que dieron a luz con dolor y sufrimiento; el hijo que han criado durante años para que fuera un hombre de provecho; el hijo que sirvió a su país regando con su sangre un campo, quizás el del enemigo. Maldita guerra y malditos políticos... Si se dedicaran a arreglar los problemas de la gente de la calle; si gobernaran desde un callejón en lugar de hacerlo desde un sillón acolchado y una gran mansión llena de guardaespaldas y servicio... Pero todos son lo mismo: unos vividores.
28 sept. 2008
Ser joven... Casi he olvidado lo que era ser joven. Siempre se está demasiado ocupado perdiendo el tiempo como para saber que se es joven. Al final, siempre, queda sólo el recuerdo de que, a veces, se ha tenido la impresión de ser joven; de estar siendo joven... Pero son sólo eso: impresiones. Impresiones demasiado superficiales como para vislumbrarlas en la realidad... Ser joven... Esta lluvia sólo me trae recuerdos grises de mi juventud; todos los disgustos que dí a mis padres - de los que apenas recuerdo su rostro a no ser por los cuadros que me vigilan desde la pared -; la chica de la que siempre estuve enamorado y de la que no volví a saber hasta que se hubo casado con uno de mis amigos de instituto al que dejé de ver; la gente que tanto parecía estimarme y de la que hace años que no sé nada... Recuerdos. Todo son recuerdos que se apilan en la memoria. Y esperan a salir cuando más daño hacen. Sí, sí, sí... Y sólo los escribo para torturarme, para desangrarme por dentro, pero, ¿qué puedo hacer? ¿Qué puedo hacer si la vida me tortura con los recuerdos y el cielo con esta lluvia?

Supongo que la vida trata de ésto: de estar examinando las propias acciones continuamente; pero creo que he empezado tarde. Ahora me doy cuenta de que he dejado muchas cosas por hacer, muchas cosas por decir, muchas cosas por intentar, muchas cosas por descubrir, muchas cosas... Demasiadas para el poco tiempo que ya tengo y el demasiado que ya he gastado. Y esta maldita lluvia...

Nadie me dijo nunca que la vida se consumía tan rápidamente.

Hace tiempo que estoy encerrado en casa, con este gris en el ambiente flotando por todos lados. Ni siquiera la luz fluorescente de la cocina hace más diurno este color mortecino. Cada vez estoy más cansado. Cada vez me cuesta más trabajo comenzar cada día con esta oscuridad. Cada mañana abro los ojos con la esperanza de que toda la lluvia se ha acabado; de que el cielo vuelve a ser como antes... Pero no es cierto; parece que Dios ha olvidado ponerle gas al sol.

Y eso no es lo peor; lo peor es que ya apenas recuerdo cómo era los días de sol. No recuerdo qué hacía; no recuerdo dónde iba; no recuerdo casi nada. Sólo tengo pequeñas imágenes de mi vida; pequeñas vivencias que me dicen que una vez hubo sol en esta ciudad oscura.

Me recuerdo en el parque, sentado frente al lago, dando de comer a los patos... Claro. ¿Qué más le queda por hacer a un viejo como yo? Hay un niño. Sí. Un niño que se me acerca y me pide que le deje echar migas al agua. Recuerdo su mano cogiendo el pan troceado: unas manos suaves, lisas, redondeadas, sin arrugas. Su roce me estremeció algo por dentro. Había olvidado lo que es que alguien te acaricie. Y sus ojos... Tenían ese brillo de la inocencia, de la candidez dulce que aún no se ha agriado con el tiempo. Esas ganas de vivir que sólo poseen los niños. Sus ojos...; sí. Sus ojos. Y esa sonrisa cuando los patos se acercaban a sus migas para comer... El cielo debe ser algo parecido a esa sonrisa, estoy seguro; Dios se querría rodear de sonrisas como la de ese crío. Y recuerdo que me habló. Me dijo algo que nunca podré olvidar mientras la memoria no me abandone. "Cuando sea mayor" me dijo, mirándome a los ojos, "quiero trabajar en lo mismo que usted: quiero echar de comer a los patos todos los días. Los cuidaré para que se hagan grandes y fuertes, y les enseñaré a volar para que no estén aquí cuando hace frío". Eso me dijo. Y me sonrió antes de seguir echándoles migas de pan.
26 sept. 2008
Últimamente he estado ojeando escritos de hace años. Escritos propios, relatos, cuentos cortos... casi todos inconclusos o muy..., digamos tétricos o truculentos. Recuerdo que las pocas personas que han leído algunos de mis relatos me decían "en todos tus cuentos siempre acaba muriendo alguien"..., y es cierto.

Yo, que soy una persona optimista por naturaleza, escribía relatos en los que apenas había luz y la muerte siempre ganaba o era la única salida. No eran todos así, pero sí la mayoría. Quiero pensar que, en el fondo escribía de esa forma porque todo tiene remedio, menos la muerte, y la muerte lo remedia todo.

De repente he encontrado algo de seis páginas, por supuesto, inconcluso, pero al leerlo me ha seguido gustando, cosa que no me pasa con la mayoría de los relatos antiguos que he escrito y que releo al cabo del tiempo. Ése es el motivo de que me haya decidido a ponerlo aquí, en trozos, por supuesto, porque sería muy largo de poner entero..., para que lo juzguéis, si os apetece... Lo pondré en otro color, para que se distinga...

Fuera sigue lloviendo, como hace ya casi tres semanas. Apenas se puede ver gente en la calle aunque, a decir verdad, llevo bastantes días sin mirar siquiera por la ventana. El hastío de este cielo gris y pesado me ha inundado el ánimo, y apenas me apetece acercarme a un cristal para mirar afuera. ¿Para qué? Nada va a cambiar ya en esta maldita rutina que me acerca a la muerte como un avión cayendo en picado se acerca al suelo.

El sol se está difuminando poco a poco en mi cerebro, como los recuerdos cercanos.

Este piso se me hace cada vez más... odioso... No puedo soportar el reflejo de mi sombra sobre el suelo y las paredes, siguiéndome a todas partes; rompiendo mi soledad... y mi silencio. No puedo soportar la mirada de los retratos y las fotos; los cuadros que me recuerdan que una vez fui joven..., y feliz. No puedo soportarlo.

...Y fuera sigue lloviendo, como si en la paleta de colores de Dios se hubiesen gastado el color cielo, y el color sol , y el color luna y estrellas...

Este maldito tiempo sólo empeora mis dolores y mi carácter. Si al menos dejase de llover...

Ya ni siquiera escribo para distraerme, como hacía cuando era joven. La fama me atraía como el azúcar a las abejas. Quería ganar concursos: el Planeta, el Nadal, el Cervantes, el Púlitzer, el Nóbel... ¡Bah! Tonterías de juventud. Al final todo se queda en meros sueños. Como los charcos que ahora inundan la calle... O tal vez sea el sol el que desaparece con la lluvia, como si el agua lo borrase del lienzo del cielo.

Ahora sólo escribo para torturarme; para descubrir que estoy solo; para gritarme que el tiempo me está aplastando la vida; para seguir hundiéndome, como la ciudad bajo esta maldita lluvia...
22 sept. 2008

Me he decidido, después de casi dos años de trabajar en esto de coger llamadas de gente con averías o problemas técnicos, a dar unas pinceladas desde el otro lado.

Partiendo de la base de que el que responde a la llamada no tiene la culpa de que su empresa pueda ser un desastre o le importen un bledo los clientes (a veces lo parece, realmente), hay que reconocer que en el momento de descolgar el teléfono es la cara o la voz de la empresa, y a menudo el único contacto del cliente con ésta.

Pero tengamos en cuenta algunas cosas:

1. El que responde a la llamada, por lo general, suele tener buen oído. O sea, no hace falta gritarle para que se entere de nuestro problema.

2. Por más razón que podamos tener para estar enfadados, o muy enfadados, o indignados, el insulto, por lo general, no suele ser la salida.

2b. El que recibe la llamada y nos escucha suele también ser una persona; una persona con sus problemas personales que trata de ayudar en la medida de sus posibilidades. Quiero decir con ésto que los insultos también le afectan. No por trabajar de teleoperador se dejan de tener sentimientos (también a veces lo parece, lo reconozco).

3. A menudo un teleoperador no tiene en su mesa de trabajo ni las llaves de las centrales de internet, ni las conexiones telefónicas, ni todos los kilómetros de cable que recorren España de cabo a rabo, con lo cual, por mucho que insistamos en que "me lo arreglen inmediatamente", un teleoperador no puede hacerlo (ya quisiéramos).

4. Siguiendo con los insultos, los gritos y el despotricar contra la empresa, el teleoperador no tiene poder para casi nada, pero sí es cierto que en su mano está el no hacer todo lo posible. ¿Qué quiero decir? Si yo cojo una llamada de alguien que me dice que soy un inútil, o que mi trabajo está mal hecho, o que no tengo ni idea de dónde me meto, o que "tengo contactos y os voy a meter un puro que se os va a caer el pelo" (cosa que a mí no me afecta, por cierto: la naturaleza ya se ha encargado de éso), puedo no dejar anotada la reclamación del cliente, simplemente porque no me ha tratado como a una persona. (Lo sé, no es lo correcto, pero tampoco tengo porqué aguantar que se me insulte gratuítamente).


5. En mi caso, una empresa que se dedica a internet, (esto es algo personal), por favor, si estoy tratando de ayudaros, no me vengáis diciendo que sois informáticos o que vuestro novio lo es. ¿Qué es lo primero que yo pienso? "¿Y no ha sido capaz de arreglarlo? Pues debería volver a estudiar". (Personalmente tengo algunas cosas contra los informáticos, pero no es el momento ni el lugar).

6. Si llamamos es porque necesitamos ayuda: dejémonos ayudar. A veces es complicado tratar de hacer indicaciones porque quien llama, o se adelanta a lo que vamos a decirle, o te dice que ya lo ha hecho por su cuenta y no piensa volver a repetir lo mismo porque él lo ha hecho bien. En principio, el que coge el teléfono suele tener algunas nociones más que quien llama (a veces no, pero sí por lo general).

7. Si llamamos enfadados hay que tener en cuenta que quien coge el teléfono puede optar por dos posturas: tratar de esperar a que nos calmemos y contemos lo que nos pasa, o colgar directamente. Si el cliente no tiene porqué aguantar que una empresa se lleve meses para arreglarle una avería, el teleoperador tampoco tiene porqué servir de saco de arena para que el cliente descargue su ira.

8. El miedo no sirve para nada: no porque le digamos al teleoperador "si esto no se arregla hoy cojo todos los datos que tengo y los llevo ante un juez", se va a solucionar el problema. Por cierto, ¿qué manía tiene todo el mundo en pedirle los datos al que coge el teléfono? Aparte de que no tenemos obligación de dar nuestros datos, a nadie le va a servir de nada ir a juicio con esos datos porque, en todo caso, la que responde debe ser la empresa, no el empleado. Y otra cosa: sin nuestra autorización expresa, no es legal decir "estoy grabando esta conversación".

Por el momento, así a bote pronto, no me vienen más cosas a la cabeza, pero supongo que habrá más. Tengo que reconocer que muchas veces, cuando un cliente llama enfadado, suele tener razón. Las empresas sólo se preocupan de hacer clientes, pero no de cuidarlos y mantenerlos. Pero un teleoperador no es el cauce para protestar. Hay organismos para ello.

A veces las empresas llevan a cabo prácticas casi mafiosas (aunque suene fuerte, tristemente es así) para agarrar a los clientes de forma que no tengan mucho margen de maniobrabilidad, pero siempre hay una salida. No creo que ninguna empresa vaya a llevar a juicio a un cliente porque deje de pagar los recibos mientras no se arregle su problema. Lo más que puede pasar es que unilateralmente rescinda el contrato (es una apreciación personal. No soy abogado).

Una última cosa: cuando cogemos el teléfono somos los primeros que queremos que el cliente solucione su problema. Si alguna vez nos coje el teléfono alguien que no está preparado, o que se pone nervioso y no sabe atinar, o que, a lo mejor, tiene un mal día y no nos ofrece la mejor atención, al menos concedámosle el beneficio de la duda. No sabéis lo que puede llegar a estresar y hundir el estar horas respondiendo llamadas con insultos, gritos, amenazas y demás tratando de mantener la educación al otro lado...
9 sept. 2008
La he leído ahora mismo. No la recordaba, pero ya es antigua. Por desgracia, de nuevo es actual. La pongo en grande, para que se pueda leer bien:

Si el aborto es medicina, el canibalismo es gastronomía
8 sept. 2008

Me encuentro en el autobús con una amiga y la veo sacar un libro del bolso. Curioseo sobre el título pero no consigo verlo, así que me intereso: es un libro sobre su signo del zodiaco para lo que queda de este año y el siguiente.
Me extraño porque es una mujer inteligente, con estudios y con bastante sentido común. Le pregunto con algo de sorna:

-Te aburres en el trabajo, ¿no?
Pero ella me contesta totalmente seria:
- No, lo he comprado porque quiero ver cómo va a ser mi año para animarme o terminar de deprimirme.
- ¿Tú crees en esas cosas? - le pregunto. Le da la vuelta al libro y me enseña en la contraportada la foto de una señora que, al parecer, es sicóloga, astróloga, y además trabaja con el padre Pilón, por lo visto un reconocido parapsicólogo, que además es sacerdote. Con esto me quiere decir que esa señora es totalmente fiable. Que tiene estudios de astrología y sicología, y que con eso ya puede predecir el futuro según los astros.

No puedo por menos que sonreír y decir: "pues ni idea de quiénes son estas personas, pero vamos, ¿no te salía más barato un tebeo para distraerte?"...

Entonces me pregunta por mi signo zodiacal, a lo que le contesto que soy Sagitario por el horóscopo "normal" y Rata por el horóscopo chino; una buena combinación, le digo: Sagitario, mitad hombre mitad caballo, en lo físico, y rata en lo económico... Y la conversación ha discurrido la mitad del trayecto del autobús en el que ella no leía el libro, entre sus lamentos por tener a Saturno y Plutón alineados en su quinta morada, y mis bromas con el contínuo cambio en la nomenclatura de Plutón y su designación o no como planeta de pleno derecho.

Lo siento, no creo en los horóscopos. Me niego a creer que una alineación de planetas, estrellas, galaxias o nube de mosquitos puedan hacernos ser de tal o cuál forma, o marcar nuestra existencia. Pero lo que me hace gracia de ésto es que la gente que cree en los horóscopos, a menudo, no cree en Dios. Es curioso que se mercantilice de tal forma la fe o la ciencia.

Porque en el tema de los horóscopos se quiere convertir a la ciencia en fe: lo dice la astrología, así que hay que creerlo (también habría que saber según qué manual de antiguos brujos o pitonisas o druidas se interpretan los signos astrológicos). Y por otro lado existe ese empeño estúpido del científico por querer explicar científicamente las cosas de la fe.

O sea, yo debo creer que soy apasionado, intelectual, honesto, sincero y simpático; que me caracterizo por mi optimismo, mi modestia y mi buen humor (bueno, digamos que, a grandes rasgos y con matices, es cierto, pero no es a lo que vamos) porque lo dicen los astros; pero, por supuesto, no puedo creer en la existencia de Dios porque, científicamente, no puede probarse.

Pues lo siento, pero no creo. No creo que mi futuro esté "escrito en las estrellas", ni que un planeta a millones de años luz de distancia pueda influir en mi futuro.

Por supuesto que ésto tiene una lectura más de fondo, para tal vez la haga otro día. Ahora se está alargando demasiado esta entrada.
4 sept. 2008
Esta tarde he podido ver de pasada un titular en un periódico que decía algo parecido a "Los médicos creen que la próxima resolución sobre La Muerte Digna podría desembocar en una eutanasia pasiva", poco más o menos. Si leéis periódicos (cosa que hace tiempo que no hago yo) sabréis de qué hablo.

Sólo voy a decir una cosa a este respecto: la única muerte digna que yo concibo es la muerte en paz con uno mismo, con los que le rodean y, sobre todo, con Dios. Todo lo que se salga de ésto no es más que palabrería, cantos de sirena y mentiras bien tejidas para convertir en algo humanitario lo que no es más que algo contra natura.

¡Ah, otra cosa! Cuando Garzón comience a desenterrar muertos y fantasmas, ¿nos contará la verdadera historia del abuelo de Zapatero? ¿O la cantidad de religiosos que fueron asesinados simplemente por serlo? ¿Nos va a contar realmente porqué comenzó la guerra civil? ¿Nos va a contar la verdadera historia del Frente Popular y sus "100 años de honradez"? Supongo que no conviene, ¿no?


Esta mañana he llegado con la hora justa al trabajo. Por si alguien no lo sabe, soy teleoperador desde hace casi dos años ya, y siempre suelo llegar un poco antes para firmar mi entrada en la "parrilla", sentarme y encender el ordenador para abrir todos los programas necesarios.

Pues esta mañana, decía, he llegado, como se suele decir, con el tiempo pegao ar culo. El tiempo justo para sentarme frente al ordenador, encenderlo y prepararme. Por lo general, cuando a alguien se le olvida firmar a la entrada, (o llega tarde y no puede hacerlo), siempre hay algún coordinador que se encarga de traerte la "parrilla" para que firmes, pero esta mañana, para mí, no ha sido así.

Como cada hora tengo un descanso de cinco minutos, al acabar mi primera hora de trabajo, fui a firmar. Al coger el papel preparado para tal efecto, de repente, veo que mi nombre no estaba allí. Me dirigí a una coordinadora que había cerca y se lo comuniqué. Lo primero que noté fue que me miró con cara de "¡anda quééééé...!" Lo siguiente fue acercarse a su ordenador y comprobar su base de datos. En ese lapso de tiempo tuve un flash, una inspiración, así que fui rápidamente a mi sitio y saqué de mi macuto mi horario del mes.

Efectivamente, lo que la coordinadora sospechaba era realidad: estaba en mi día de descanso. Cuando me acerqué de nuevo a ella, ya había comprobado lo mismo que yo en su ordenador, así que me dijo lo que antes sus ojos habían mostrado: "¡anda quééééé...!"

Por supuesto, antes de irme, ya había servido de mofa a una parte de mis compañeros, informados puntualmente por la coordinadora, que había decidido hacer pública mi metedura de pata. Eso sí, yo me defendí diciéndoles que les había librado de, al menos, tres broncas de clientes que me había tragado. Por supuesto, me lo agradecieron.

Así que aquí estoy: esta mañana le he regalado una hora a mi empresa. Qué le vamos a hacer. Para desagraviar, al volver a casa, me he enfundado mi ropa ciclista y he quemado calorías durante una horita. Y ahora, porque mañana también descanso, me siento, ya entrada la madrugada, delante del odenador para contaros ésto, que no todo va a ser serio y profundo.