15 feb. 2010
Hace algunos años, recuerdo que, asistiendo al entierro de uno de mis abuelos, un amigo de mi padre me dijo: "Conforme te vayas haciendo mayor, vas a tener que irte acostumbrando a asistir a este tipo de cosas". Y es cierto.

En los últimos años he asistido a las bodas de un par de amigos, y a los entierros de otro par y, lo más normal, de sus padres. El último fue el viernes pasado; esa amiga por la que he estado pidiendo oraciones las últimas dos semanas.

Es curioso cómo, cuando estamos pasando momentos complicados, todo el mundo (y digo, TODO EL MUNDO, sea de las creencias que sea) se agarra a Dios como la única posibilidad. Luego, volvemos a olvidarnos de él.

Pero está claro que la tranquilidad con la que los cristianos afrontamos la muerte es todo un privilegio, porque nos ayuda a enfrentarnos mejor a las pérdidas de los seres queridos. No nos va a eliminar la pena que produce el vacío físico de quien se va, pero sí nos consuela el saber que después de todo, cuando el tiempo mundano se nos agota, hay un tiempo infinito donde Dios nos espera con los brazos abiertos y su Madre con un plato de sopa caliente sobre la mesa. A mí me gusta esa imagen.

P.D.: Gracias a todos los que habéis estado rezando por el padre de mi amiga. Sé que recibió los últimos sacramentos antes de morir, así que, al menos, para éso sirvieron las oraciones.