28 oct. 2008
Vale, antes de nada, decir que es sólo mi punto de vista (siempre lo es).

Hace un par de días me llamó un amigo por teléfono para darme una noticia que llevo esperando cuatro o cinco años (un proyecto que tal vez cuente algún día). Al colgarle, recién salido de mi trabajo, estaba exultante... Tanto que decidí irme andando a casa (una hora de caminata).

Me descubría a veces sonriendo como un quinceañero que se enamora por primera vez. Con esa cara de tonto que pone uno cuando tiene un golpe de suerte. La sensación era genial, como de andar por sobre el suelo (lo siento, siempre me ha encantado usar las dos preposiciones juntas).

Cuando llegué a casa me dio por pensar que es bueno estar alegres, sonreír, sentir ese gusanillo en el estómago, como si, por un momento, todos los planetas se hubiesen alineado para darnos su brillo y su poder... Pero... ¿aquéllo era felicidad o simplemente alegría?

Ahora que tanto (y tan a la ligera) se habla de felicidad, ¿por qué nos cuesta tanto trabajo el distinguirla? ¿Será que la confundimos con la alegría del, como diría el santo, "animal sano"?

Reflexioné un rato sobre ello, no mucho porque parece que lo tenía claro, y llegué a la conclusión de que la alegría es pasajera. Placentera, pero pasajera. Uno está alegre cuando aprueba un examen, cuando gana su equipo o pierde el rival (que es una cosa que se da mucho aquí en Sevilla), cuando le regalan el oído, cuando algo le sale bien, cuando le dan una buena noticia..., pero éso se pasa. Luego viene el mundo, la vida real, y nos devuelve los pies al suelo, al polvo que nos mancha los zapatos durante el camino.

La felicidad, sin embargo, es más un fin. Una sensación más profunda, más duradera, más alta, más fuerte. Uno puede ser feliz aún cuando se siente triste. A mi humilde entender, la Felicidad (y lo pongo ahora con mayúsculas queriendo) es el fin último de todo hombre, a lo que todos aspiramos. Es ése acostarse por la noche, derrotado por la lucha, pero con la conciencia tranquila por haber batallado con lealtad y sin desmayo.

Al final, creo que la alegría son esos palos rojos que se ponen a los lados del camino cuando nieva; ése camino que desemboca en la Felicidad. Por eso, a mis amigos, siempre les pido lo mismo: HACEDME UN FAVOR: SED FELICES.
19 oct. 2008
Por supuesto, esta entrada va con doble sentido. "A buen entendedor..." Qué mejor que un santo para recordarnos algunas cosas:

"Calla siempre cuando sientas dentro de ti el bullir de la indignación. Y ésto, aunque estés justísimamente airado.
Porque, a pesar de tu discreción, en esos instantes siempre dices más de lo que quisieras."

"Otra vez...: Que han dicho, que han escrito... En favor, en contra... Con buena, y con menos buena voluntad... Reticencias y calumnias, panegíricos y exaltaciones... Sandeces y aciertos...
¡Tonto, tontísimo! ¿Qué te importan, cuando vas derecho a tu fin, cabeza y corazón borrachos de Dios, el clamor del viento o el cantar de la chicharra, o el mugido o el gruñido o el relincho?...
Además... es inevitable: no pretendas poner puertas al campo."

"Es verdad que fue pecador, pero no formes sobre él ese juicio inconmovible. Ten entrañas de piedad, y no olvides que aún puede ser un Agustín, mientras tú no pasas de mediocre."

"Hacer crítica, destruir, no es difícil: el último peón de albañilería sabe hincar su herramienta en la piedra noble y bella de una catedral.
Construir: ésta es la labor que requiere maestros."

Y ahora una frase de nuestro genial hidalgo: "Ladran luego cabalgamos".

Creo que no hace falta decir nada más.
15 oct. 2008
"Women on Waves" (Mujeres sobre las olas) es un nombre bastante poético. El problema es que la ONG con esta denominación se dedica, sin escrúpulo alguno, a asesinar niños no nacidos.

Me pregunto varias cosas. Primero: ¿Una ONG no es una organización humanitaria? ¿Qué humanismo hay en el asesinato? ¿Para cuándo una ONG para matar a los niños con síndrome de Down o a los ancianos? Total, ya pronto lo vamos a hacer legal. Montemos una ONG y forrémonos asesinando legalmente.

Resulta que ésta ¿ONG? la fundó una señora doctora. ¿Qué juramento hipocrático hizo? ¿Qué médico de verdad se dedica a matar a gente? Creo que lo hacían los nazis, ¿no?

Es gracioso que la gente que defiende el asesinato de niños inocentes en el vientre de la madre (a partir de ahora me propongo no volver a usar la palabra "aborto"; me remitiré a su definición completa) habla de la falta de respeto a la libertad de elección de la madre. Bien, ¿y por qué no defendemos de igual manera la libertad de elección de los nazis o los etarras? Si ellos quieren matar para defender sus ideas, están en su derecho y en su libertad.

Es curioso que cuando se habla de defender una vida inocente siempre sale a la palestra la estúpida idea de "que unos quieren imponer a la fuerza sus convicciones". Claro, porque los que quieren hacer legal el asesinato de niños inocentes en el vientre de sus madres no lo imponen; simplemente lo legalizan.

Resulta realmente estrambótico el que, de repente, el hombre, que siempre ha aspirado a la inmortalidad, a vivir eternamente, a alargar la vida lo máximo posible, se esté encenagando en eliminarse a sí mismo. ¿No resulta un tanto contradictorio? Queremos vivir para siempre, pero estamos sumergiéndonos en una cultura de la muerte. Matamos niños antes de que puedan defenderse, a ancianos que ya no pueden hacerlo..., por supuesto, una actitud muy valiente.

Me pregunto en qué va a acabar todo ésto. Pero éstoy seguro de que, -aunque no les sirva a muchos de los nuevos asesinos-, el Último Día habrá muchos niños y ancianos señalando con el dedo a todos sus verdugos, delante de toda la Humanidad. Y en ese momento sí que habrá un Juez justo.
13 oct. 2008
Cuando estaba en el colegio y el profesor quería hacerme alguna pregunta o decirme algo, siempre me llamaba por mi primer apellido: Suárez, y recuerdo que no me gustaba nada. Pensaba que mis padres me habían puesto un nombre por algo, pero los profesores no parecían darle importancia.

Cuando llegué al instituto, mi primera encargada de curso, que nos daba inglés, hizo algo que me encantó; el primer día nos dijo: "poned un papel sobre vuestras mesas, grande y en pie, con vuestro nombre, para que pueda iros conociendo". Y yo escribí en grande: Juanma.

Desde entonces soy Juanma. Quiero decir que nadie volvió a llamarme por mi apellido. Mis nombres me recuerdan mis raíces: Juan es el nombre de mi padre, y Manuel era el de mi abuelo, que estoy seguro que me ve desde el cielo, enfadado conmigo porque toco la guitarra pero no he aprendido a tocar flamenco.

¿A qué viene ésto? Pues porque me produce cierta tristeza el entrar en El Corte Inglés, por ejemplo, y oír cómo compañeros de trabajo se llaman por los apellidos ¡¡¡y se tutean!!! En realidad no me entristece. Para ser sinceros, me repatea. Es como si no quisiéramos conocer a la gente. Se les llama por sus apellidos para no establecer vínculos más allá de lo estrictamente imprescindible. No me importa si la persona con la que trabajo ocho o nueve horas al día tiene problemas o es feliz o está cansado o tiene un mal día o... ¿cómo me va a preocupar éso? ¡¡¡Si ni siquiera me preocupa su nombre!!!

Desde mi época de instituto, siempre he "obligado" a la gente a que me llame por mi nombre y he tratado de saber el de la gente que me rodea (con lo nulo que soy para recordar nombres y caras). No podría trabajar en un sitio donde no eres más que un apellido incluso para tus propios compañeros. Es triste. ¿Tanto trabajo cuesta humanizar un poco nuestro alrededor y preocuparnos, al menos, de cómo se llaman las personas con las que compartimos una parte de nuestro día?
9 oct. 2008

No soy crítico musical, Dios me libre. Sólo escucho la música que me gusta; nada de modas ni de lo que marcan las discográficas (que deberían quebrar todas..., o casi). Escucho los grupos y los músicos que me caen bien, por lo general; algunos, simplemente porque me gusta oírlos, y otros por motivos un poco ajenos a la música que me callo porque pueden sonar ridículos aunque a mí me valgan...

A Carlos Goñi, ya lo he dicho alguna vez, le oigo porque me gusta su música, la entiendo; él me cae bien (no le conozco, pero..., ya me entendéis), y además me parece un tío honesto. Tengo todos sus discos, y éste último, 21 gramos, no iba a ser menos.

En principio no me gustaba el título del disco: estoy algo cansado de la manía tan mundana de querer medirlo todo. ¿A qué científico borracho o a qué mente pensante pasada de sustancias ilegales se le ocurriría semejante estupidez? "El alma humana pesa 21 gramos". ¡Venga ya!

Pero tengo que reconocer que Carlos Goñi le ha puesto poesía a la estupidez. Supongo que lo ha titulado así porque dice que es su disco más personal (claro que todos los músicos dicen lo mismo de sus últimas creaciones). Sí es cierto que las letras son más generales, más como un relato de cualquier escritor hispanoamericano, donde el objetivo se abre para poder ver más el paisaje y menos los detalles.

Últimamente, cuando mis artistas favoritos (léase Mark Knopfler y Carlos Goñi) dicen que sus trabajos son más personales, coinciden en que son trabajos más relajados. Más para escuchar tranquilamente, sentados frente a la ventana o como telón de fondo mientras hacemos otras cosas. Pero cuando se les presta atención, hay poesía.

En la canción que da título al disco, Carlos habla de sí mismo, desde el punto de vista de la lejanía, de los años; como haciendo un resumen de lo que ha vivido y de lo que le queda por vivir, con la experiencia del tiempo, por eso dice que si la vida se viste de largo y me invita a su fiesta, yo me parto la espalda por ella y por verla reír. Si mi alma se larga y me deja en la calle desierta, 21 gramos de más en el aire y de menos en mí.

Pero también en la misma canción es capaz de escribir esos versos románticos que sólo él sabe escribir, y además hacer alguna declaración de intenciones sobre su forma de ver las cosas; algo que hace en todos sus discos: No hay razones para no partirme el pecho por la mujer que me espera y que duerme junto a mí. No hay razones para borrar mis heridas, buenas, malas, pero mías, mientras que yo siga aquí. (Y la declaración de intenciones): Orgulloso de no repartir sonrisas, aunque vinieran mal dadas, a quien no me hizo reír; de disfrutar lo que tengo y no ahogarme con lamentos por aquello que perdí. Creo que todo se resume en estos versos.

Lo demás, un disco que se me hace corto cuando lo oigo; un disco sincero, como todos, con un rock pausado, mezclado con toques latinos, mexicanos sobre todo, y con el que disfruto desde el primer día.

Podría escribir mucho sobre cada canción de este disco, pero me quedo con el mensaje de una en concreto: Todos somos capitanes, que dice ésto: "Cuando no tenía claro a qué puerto dirigirme cualquier viento que soplara nunca era a mi favor. Cuando el mar se muestra en calma todos somos capitanes, pero cuando se agiganta nadie se agarra al timón." Lo dicho: "señor Goñi, para mis cortas entendederas, lo ha clavao".
6 oct. 2008
Sé que tengo pendiente una entrada con una Dama, pero hoy necesitaba escribir ésto. ¿Porqué? No lo sé. Y tampoco sé desde qué punto de vista enfocarlo, así que será un lo que salga..., cosa que, por lo general me gusta.

...y es que a los padres les debemos todo. Desde la vida, el don más preciado que nos regalan, hasta la forma en que nos cortamos las uñas de los pies. Y a veces no llegamos a entender esos berrinches que cogen con nosotros cuando no les hacemos caso, porque pensamos que quieren imponernos su forma de pensar. Y no entendemos que un padre nunca impone, porque las imposiciones con amor no son tales; son, simplemente, palos pintados de rojo en un camino nevado. Un camino que ellos ya han recorrido y conocen.

También, está claro, que su perspectiva puede ser distinta; que el punto de vista que usan puede diferir un poco del nuestro porque los momentos y las circunstancias son distintos. Pero el hombre lleva miles de años sobre la tierra, y su comportamiento, en líneas generales, sigue siendo el mismo; por éso, ¿porqué no escuchar a quien lleva más tiempo aquí que nosotros?

En fin. La verdad es que, tratándose de una entrada con el título de ésta, tendría que haber escrito algo con más poesía, con más luz..., pero ha salido ésto. Es simplemente un instante personal plasmado en unas pocas líneas. Prometo hacerlo mejor, y con más elegancia, la próxima vez.
1 oct. 2008
Y Ángela... Ángela también se me fue demasiado rápido... Pero tal vez no sea momento de recordar esa herida. No ahora, con esta claridad mortecina que apenas deja correr el aire. Ángela siempre fue como una luz; ella no pertenece a estas tinieblas, ni siquiera ahora.

Me pregunto si algún día dejará de llover. Si podré ver el sol de nuevo, antes de que me llegue la hora. Quizás pueda parecer un poco pesimista, pero a mi edad puedo permitirme ese lujo. Es curioso cómo se va difuminando el temor a la muerte conforme va llegando su tiempo...

Cuando se es niño casi no se le presta atención; para qué. Después, en la juventud, no se le quiere echar cuenta; es una sombra demasiado amenazante como para mirarla a los ojos. En la madurez llega el horror; la angustia del tiempo perdido y de la cercanía del final; la rapidez de los días se hace agobiante, y las noches apenas sirven para descansar porque se teme demasiado a esas sombras que la acompañan y a las que en la juventud se trata de ignorar. Pero luego llega la vejez; el paso cansino y la vida relajada, tranquila, sin sobresaltos. Y la muerte se acepta como un paso más; un ciclo que hay que cumplir para volver a comenzar después de haber aprendido lo que está bien y lo que está mal. O al menos eso es lo que yo creo. La muerte es un tema tan... frío.

Pero después ha de haber algo; algo que sea justo con lo que se ha vivido. Todo funciona así: lo bueno siempre tiene premio; lo malo, castigo. Así es en la vida. ¿Porqué ha de ser diferente en la muerte? Sería absurdo que muriese gente intentando ayudar a los demás y que tuvieran el mismo final que aquéllos que sólo han vivido para sí mismos, sus caprichos, sus egoísmos, su provecho. No. No sería justo. Por eso yo creo que hay algo más. Siempre he vivido con esa expectativa. Y me ha ido muy bien: he tenido amigos a montones, unos hijos fantásticos, una esposa que no merecía y que me hizo dichoso mientras estaba a mi lado, unos padres que me dieron todo lo que soy y lo que tengo... En realidad no puedo quejarme, pero creo que toda mi preocupación por los demás me da un poco de derecho a protestar por este tiempo asqueroso que me está torturando la salud y el ánimo.
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En fin, como decía Porky "ésto es todo, amigos". Reconozco que no es un relato muy optimista, pero sí que deja penetrar algo de luz por alguna rendija. Recuerdo que lo escribí hace muchos años, cuando en Sevilla se llevó algunos días lloviendo sin parar (bastantes, creo recordar). No es que yo me sintiera exactamente como el relato, pero algo sí. Me gustan los días de lluvia, pero no tan seguidos. También es verdad que hay retazos biográficos de mi familia desperdigados, pero no voy a decir cuáles son; permitidme que me los guarde para mí.

Tal vez algún día me siente a terminarlo, pero ahora mismo no me siento capaz: he perdido bastante práctica en esto de enfrentarme al folio en blanco. Pero tal vez lo intente..., algún día.